Foto descargada de www.sudamericahoy.com.

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La paz se ha vuelto mediática y un tema principal de discusión entre gobiernos de diferentes países y anarquistas, terroristas o delincuentes. Cualquiera que sea la razón, pareciera que quienes tienen la autoridad o las armas en sus manos, tienen la capacidad y el poder, y son los delegados por el Ser Supremo, para dar o quitar esa paz de la que tanto se habla en internet, en medios de comunicación, en redes sociales, en tarimas públicas y en otras plataformas de expresión.

En Colombia, la palabra “paz” es bandera política en todos los estamentos, y cada uno busca obtenerla, ofrecerla y hasta venderla, y no escuchan al individuo, al que paga los impuestos, al estudiante, al profesional, al desempleado, al que ora por la nación, al joven, al anciano ni al pueblo, que es el más afectado, viendo morir a las familias, viendo morir a la tierra, a los recursos naturales, perdiendo el horizonte de futuro. Claro, estos personajes no conocen al Dios vivo, al dueño de esta tierra que fluye leche y miel, que es la herencia de nuestros antepasados.

Nuestro canto en pleno siglo XXI, en el que el diálogo, la tolerancia y la comprensión deberían ser el diario vivir; es como lo entona la agrupación La Reforma: “¡Que se acabe la guerra y que se acabe la violencia, que se acabe el racismo y que haya paz en mi tierra!”.

Este editorial es una voz, como la de muchos colombianos que viven en la nación, y también la de aquellos que huyeron, buscando ese bienestar que ofrece la verdadera paz. Se trata de una voz rezagada y tranquila, pero triste a la vez, por la pérdida de tanta sangre inocente, a manos de  aquellos que no han aceptado la palabra de Dios en sus vidas ni a Cristo en sus corazones. No se trata únicamente de los miembros de los grupos alzados en armas, que aseguran que los atentados son contra las normas o leyes del país, olvidándose que en esta hermosa nación vivimos más de 47 millones de colombianos y una gran cantidad de extranjeros adoptados, sino que también se trata de todos los participantes en medio de esta sed de paz que todos tenemos.

Los padres en casa, los maestros en las escuelas, los jefes en las oficinas, los informales, todos hacemos la paz cuando saludamos o nos despedimos con amor, con una sonrisa o un apretón de manos; así que, ¿por qué no firmamos la paz en nuestras casas, en nuestro empleo, con  nuestros semejantes? Empecemos a hacerlo en nuestro entorno, siendo ejemplo vivo de esa paz que nos heredó Jesucristo en Juan 14:27: “Les dejo un regalo: paz en la mente y en el corazón. Y la paz que yo doy es un regalo que el mundo no puede dar”; o como nos lo recuerda Isaías 53:5: “… fue golpeado para que nosotros estuviéramos en paz”.

Hagamos la diferencia, como lo hizo el Apóstol Pablo, quien firmaba cada una de las cartas que enviaba, diciendo: “Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les den gracia y paz”; por eso te invitamos a firmar esa paz en tu hogar, con tu jefe, con tus subalternos, con tus vecinos, mejor dicho, ¡firmemos la PAZ en Colombia y en el mundo!, tal como se nos ordena en Romanos 12:18: “Hagan todo lo posible por vivir en paz con todos”.

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